sábado, 5 de diciembre de 2009

Literatura del 90

LA HERENCIA NARRATIVA DE LOS 80s

La década del 80 significó para el Perú un periodo difícil y traumático como producto de la crisis económica, la corrupción política y la violencia terrorista. En este sentido, la literatura sufrió un gran silencio a nivel creativo y editorial, la mayoría de los escritores de esta década no pudieron publicar sus obras narrativas y las grandes y pequeñas editoriales no arriesgaron su presupuesto para las escasas propuestas que surgieron. Lo más visible de aquella época fueron los textos narrativos de Fernando Ampuero, Alonso Cueto y Guillermo Niño de Guzmán, autores que prefirieron evadir el referente peruano que los rodeaba para apostar por una literatura íntima y personal. De esta trilogía de escritores podemos rescatar tres aspectos: a) El abandono de un proyecto político colectivo reflejado en la obra literaria –entiéndase literatura comprometida-, b) La búsqueda de una literatura que explorara aspectos desconocidos de la condición humana y c) La pérdida de la carga ideológica que caracterizó algunos textos literarios de los años 60 y 70. Es así como la narrativa que se cultivó en la década del 80 abrió nuevas perspectivas para los narradores del 90 y permitió la aparición de una literatura posmoderna, desideologizada y sin compromisos políticos ni sociales.

Abarca desde finales del siglo XIX y los primeros del XX, se dan autores que pertenecen al modernismo o generación del 98.

LA NARRATIVA JOVEN DE LA DÉCADA DEL 90

La década del 90 fue para nuestro país particularmente significativa: por un lado ingresamos al proceso de globalización -después de cinco años de aislamiento durante el gobierno de García-, por el cual el Perú pasó a formar parte de esa aldea global conectada a través del satélite, Internet y los medios masivos de comunicación; y por otra parte, sufrimos un régimen dictatorial instalado por el gobierno de turno. En este sentido, la juventud ingreso a una etapa de desconcierto y confusión, agravado por la caída del sistema socialista y lo que Francis Fukuyama llamaría "el fin de la historia", lo cual se vio reflejado en la naciente narrativa de los 90s. No es posible hablar de una Generación del 90, pero sí podemos afirmar que existió una narrativa del 90, cultivada por una serie de jóvenes narradores que ingresaron en la escena local con un espíritu irreverente e iconoclasta, propio de los vientos que soplaban en el mundo.

La narrativa joven de los 90s se inaugura con un libro de Ivan Thays titulado Las fotografías de Francis Farmer (1992), conjunto de cuentos que ofrecía una literatura personal, subjetiva e intimista, en donde el mundo exterior poco importa o no existe, todo ello expresado en una prosa cuidada y una estructura narrativa bien construida. Dicho libro, aunque de escasa circulación, tuvo una buena acogida entre el público lector y la crítica especializada y anunciaba la aparición de una nueva figura dentro de la nueva narrativa peruana, lo cual se verá reflejado en obras posteriores como Escenas de caza (1996), El viaje interior (1999) y La disciplina de la vanidad (2000).

Poco después aparecería la novela Al final de la calle (1993) de Oscar Malca, libro que inicia lo que Velásquez Castro(1) denomina la Narrativa Joven Urbano Marginal (Narrativa JUM). Si bien es cierto que esta novela privilegia el plano de la historia, en desmedro de las estrategias narrativas, no podemos negar el aporte de este libro dentro de la narrativa juvenil de fin de siglo, dado que a través de ella se presenta un universo narrativo que va a constituirse en un tópico dentro de la literatura de los 90s: el mundo adolescente urbano marginal de la Lima clasemediera. Por otro lado no podemos desconocer el hecho que la novela se convirtió en un libro de culto y concitó la atención de los medios masivos, llegando, incluso, a realizarse una versión fílmica del mismo que llevó por título Ciudad de M, lo que contribuyó a movilizar el frío escenario cultural limeño.

En 1994 aparece Salón de Belleza de Mario Bellatín, novela que introduce un nuevo universo dentro de la narrativa peruana y un lenguaje preciso y cautivante. El mérito de este autor, al margen de sus aciertos narrativos, es el haber creado un universo que se sostiene por sí solo (personajes anónimos, diálogos inexistentes, mundo externo incierto) y en el cual el referente peruano es casi nulo, y por otro lado, el hecho de inaugurar una literatura en la cual la mirada del narrador se desplaza hacia la introspección de los personajes, explorando aspectos como la muerte, la soledad, la incomprensión y la incomunicación, características que marcaron a los jóvenes del 90. Otro aspecto destacable de la novela es el empleo de un lenguaje lacónico, espartano, que no se detiene en detalles innecesarios y que está al servicio de la atmósfera opresiva de la historia.

Ese mismo año, 1994, en una plano más mediático, aparece No se lo digas a nadie de Jaime Bayly. La novela contribuyó a alborotar el gallinero de la pacata y conservadora sociedad limeña y gracias al escándalo provocado por la publicación del libro su autor se convirtió, más que en una figura literaria, en una estrella farandulera que llamó la atención de toda clase de público. A pesar de que Bayly no ofrece una propuesta narrativa experimental e innovadora, no podemos desconocer los aportes de este autor dentro de la narrativa peruana contemporánea. Estos son, a decir de Peter Elmore (2): a) la representación del mundo de la clase media alta con sus excesos y defectos, como son la doble moral, la hipocresía, el racismo y la discriminación, aspectos pocas veces abordados a nivel literario, b) el acertado manejo de los diálogos que configuran a sus personajes; y, c) la introducción del humor y la ironía como crítica social, siguiendo la tradición de Bryce Echenique. Estos aciertos se consolidan con Los últimos días de la prensa (1996), obra considerada por la crítica como la mejor novela de este joven escritor.

Además de los escritores reseñados, dentro de la narrativa de los 90 aparecieron otras figuras que no podemos dejar de mencionar, entre ellos figuran Manuel Rilo con la novela Contra el tráfico (1997), obra que nos presenta el mundo de la clase media baja con sus aspiraciones y frustraciones. Lo importante del libro es la intención del autor para configurar personajes cínicos y nihilistas que solo buscan el disfrute personal y hedonista, características propias de los héroes posmodernos, como bien señala Miguel Ángel Huamán en uno de sus artículos (3). Otra figura destacable es la de Sergio Galarza, autor que se suma a la narrativa joven urbano marginal con sus libros de cuentos Matacabros, El infierno es un buen lugar y Todas las mujeres son galgos, relatos que nos ofrecen la imagen de una Lima violenta, achorada y alocada de fines del siglo XX.

En el último cuarto del siglo que ha pasado el poeta resistió estoicamente el drama de la fragmentación por los cambios violentos que hubo en los años 70 y prosiguió en los 80. Los acontecimientos políticos, sociales, económicos, influyeron en la cultura; surgió con los bríos lo “popular” en el tema suburbano o en la llamada contracultura. Los poetas se involucran, se comprometen, asumen un papel frente a la realidad social y a su impacto colectivo. No se ubican en torres de cristal, no se “encapsulan” fuera del acontecer; lo comparten para bien o para mal. A veces esta experiencia ha de repercutir favorablemente en la calidad poética; en otras será lo contrario: sensación de cansancio, desgaste, hastío, aburrimiento, frustración, como ocurrió en los inicios de la década de los noventa frente al derrumbe de las ideologías y al disloque político-social provocado por el autogolpe del 5 de abril de 1992, tan negativo para la vida cultural y las tareas de las universidades afrentadas con el cierre y la persecución de algunos dirigentes estudiantiles y de ciertos profesores que se unieron a la protesta cívica. Fue un momento de declive, de decadencia, de individualismo muchas veces infructuoso. Como afirmara el joven narrador Carlos Rengifo: “Caído el viejo marco ideológico de occidente, los que escribimos en estos últimos años no sabemos de dónde cogernos, a quién acudir, teniendo entre nosotros un vacío filosófico que es menester llenar”.1 Como consecuencia de este desconcierto buena cantidad de poetas de esos primeros años de los 90 no consideraron el valor de los grupos de poesía:”…más allá de las posibilidades publicitarias y la institucionalización de la camaradería, poco significado se les reconoce”, dice Luis Fernando Chueca. Hay, pues, desgano o desinterés por el trabajo colectivo. Cada uno, de manera aislada, escribe y trabaja su propia poesía. Lo grupal se reduce a la sola relación de amigos.

Decayó por entonces el cenáculo y se levantó la poesía del cafetín o de la cantina. Y aunque la política importó poco – porque los poetas no le marcaban el paso se produjo inocultable temor frente a la represión por causa de la violencia senderista. Escritores y poetas se guarecieron en la palabra para expresar sus experiencias vitales, lo que constituyó un logro estético más allá de las vicisitudes. Fue, quizás, el momento catártico o esa “purga de las pasiones” según la escuela aristotélica. Frente a la tragedia del momento terrorismo, dictadura, crímenes de senderistas, militares y policías, esa “catarsis” libró, en cierto modo, a los poetas, pues fueron inducidos a la realidad de la ficción. No hubo hipnosis ni vía medicamentosa alguna. Se sustituyó el psicodrama liberador de los conflictos internos por la libertad de la palabra poética, por la “poeticidad” del texto literario. Consecuencia de ellos fue una poesía más “cernida”, colocada entre lo tradicional y lo neo-vanguardista. De otro lado, el trauma individual y social fue oportunamente socorrido por el humanismo, por el hallazgo otra vez del hombre como fin, como causa y razón.

Sin embargo, los poetas tuvieron que luchar con esa otra dictadura proveniente de los medios de comunicación.

En esos años la crisis aumentó, como repitiendo la producida en los años treinta. Los problemas crecieron en volumen y en rudeza cuando ya se asistía a los momentos finiseculares y al advenimiento esperanzador del presente siglo XXI. Des esta fase de transición son los poetas Luis Fernando Chueca, Leo Zelada, Camilo Fernádez, Víctor Coral, Antonio Sarmiento, Ricardo Ayllón, Jhonny Barbiee, Jorge Ita Gímez, Miguel Ángel Guzmán, Héber Ocaña, Santiago Risso, Isabel Matta, Rodolfo Ybarra, entre otros.

Al inicio de la década del 90 fue notable el esfuerzo por mantener el auge poético mediante recitales y concursos y el apoyo brindado por universidades como Gracilazo de la Vega, San Marcos, San Martín de Porres, Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima, etc. Algunos poetas mayores por su edad recibieron con satisfacción y afecto a los jóvenes. Se les tendió la mano amiga. Allí están Enrique Verástegui, Arturo Corchera, Gustavo Armijos, César Toro Montalvo, Carlos Zúñiga Segura, Winston Orrillo, sólo por citar algunos.

Después de 1995 vino un período de calma, de quietud, propicia para la madurez, la meditación y el autocuestionamiento; y para la mejor talla de la expresión poética. A partir de ese año se nota otro despertar en los vates. Ya no se contentan con hacer sólo poesía; su interés los lleva también a la apreciación rigurosa, crítica, tanto de lo propio como de lo ajeno. Se comparte, entonces, un mismo espacio para lo poético y para la reflexión cargada de juicios, de Velásquez, Antonio Sarmiento, Alberto Valdivia Baselli, Luis Fernando Chueca, Ricardo Ayllón, Dorian Espezúa Salmón, Ítalo Morales, David Abanto Aragón, José Beltrán Peña y Gonzalo Portals son buenos ejemplos de los que decimos.

Desde el año 2000 es notorio un claro despertar, un retorno a lo razonable. Se acentúa como reacción a lo que sucede en el Perú y en el mundo la presencia humanista; se yergue más el ser humano dentro de sus realidad metafísica y social. Estos jóvenes tienen, a pesar de los momentos difíciles por los que pasan, lo que les faltó o desperdiciaron aquellos poetas de los inicios de la década del 90: disposición para pensar, reflexionar y desarrollar una mayor visión crítica del futuro, con proyección vasta, así como una nueva apertura a lo colectivo, al trabajo grupo, incluyendo los horizontes universales.

Ahora es el retorno a lo ético. La moral reasume su papel orientador.

Pero continúa la “dictadura” en lo literario: sigue el monopolio a favor de “los mayores”, de “los consagrados”. Como respuestas está reiteramos esa favorable y amplia acogida a los poetas dentro de la vida universitaria, que se extiende aun a aquellos que no han accedido a los claustros. La universidad se convierte en un punto de referencia.

A las ya citadas se une, con muy clara conciencia de los que sucede con los jóvenes, la Ricardo Palma.

Podemos notar, así, que en un comienzo los vates del 90 trataron de marginarse o eludirse de sus dificultades o, más propiamente, apartarse de las trabas que entorpecían el vuelo poético: flaqueza en la fe o pérdida de ésta, falta de rumbo o equivocación por el debilitamiento de las ideas o del alejamiento de ellas, entre otras.

Pero después, en un segundo momento, fueron con mayor fortaleza interior hacia la conquista de lo auténtico, buscando abrir nuevos espacios poéticos. Algunos los hallaron en lo prístino y auroral de las límpidas fuentes verbales; otros sin oponerse a lo anterior en el humanismo en boga: aquel que coloca al hombre como valor supremo, acorde con la fórmula de Pitágoras según la cual el arte, la belleza, la justicia y los mayores bienes dependen del hombre como ser superior, tanto cuanto cierta sea su libertad. También hubo quienes desde la intuición vieron la autenticidad buscada en ese conocimiento.

CARACTERÍSTICAS VITALES Y ESCRITURALES

Insistimos en que el espíritu que caracteriza mayormente a los poetas del 90 es el individualismo. En general cada uno realiza su trabajo poético de modo independiente aunque no se descartan las asociaciones grupales en donde predomina la amistad más que el espíritu colectivo del quehacer poético. 2 Esto explica en parte, la diversidad, la variedad de tendencias, la multiplicidad de temas y de estilos.

No faltan los que incorporan otras lenguas y quienes practican la poesía popular. Algunos también acuden a la desintegración del discurso poético con ánimo, a veces, de sobresalir o diferenciarse.

Otro de los acentos visibles de la década de los 90 es el repliegue para repensar las cosas, no solamente las de índole social, política y económica sino, también, las correspondientes a la producción intelectual. Los poetas no se abstuvieron de escribir pero se retrajeron, se sumergieron en su interioridad en una actitud introspectiva de análisis, de estudio, de indagación, de consulta y averiguación sobre la correspondencia entre la realidad del momento y su propio pensamiento. De aquí se produjo una nueva apertura y el encuentro de otros horizontes. Reapareció la tendencia racional y ética que casi se había perdido. También la propensión a seguir varias tendencias escriturales.

Un aspecto que no se puede soslayar es la presencia femenina.

Ubiquémonos en el tiempo que hemos fijado para esta muestra: alrededor de 1990 hasta la actualidad. Recordemos previamente que en los 80 y un poco antes, con María Emilia Cornejo y Carmen Ollé, las poetas habían roto aquellos tabúes frente al tratamiento de determinados temas eróticos. Las mujeres se mostraban, inclusive, más audaces que los varones. Ahora no hay mayor diferencia entre “la poesía masculina y la femenina”. Sin embargo, aunque el auge de la poesía erótica femenina parece haber pasado hay todavía poetas mujeres que se inspiran y recrean en ella. Pero lo hacen privilegiando el valor de la palabra. Desde esta perspectiva la década del 90 tiene excelentes voces femeninos que al recuperar, en primer lugar, ese valor de lo lingüístico escogen, al lado de temas románticos, familiares o sociales, aquellos de índole coloquial, lírico y de los otros, sin distancias marcadas respecto a los vates masculinos. Allí están, entre otras, Monserrat Álvarez, Roxana Crisólogo, Luz Vilca, Tania Guerrero, Nora Alarcón, Virginia Benavides, Gladis Flores, Erica Ghersi, Isabel Matta, Carolina Fernández, Esperanza Chilca, May Rivas, Eliana Vásquez, Mercedes Tinoco, Rocío Hervias, Araceli Má, Sonaly Tuesta, Victoria Guerrero, Maribel Alonso, Violeta Barrientos, Rosario Rivas, Giovanna Vexaida Orozco.

VISCERALIDAD Y REBELDÍA

Al lado de lo dicho resuena en cierto sector de la periferia literaria un verbo apocalíptico, inflamado, de provocativa protesta. En su marginalidad crepita la jerga, lo que puede llamarse “lumpenización literaria”. Salen los “fanzines” y vuelan por las calles hojitas sueltas pregonando, la mayoría de las veces, una poesía con bastante carga viceral. En otros textos se halla algo más que eso. También se mezcla humor con sátira, sarcasmo e ironía, y vuelve con esta coloración la ya reiterada tendencia al individualismo: “yo mismo soy”, “escribo lo que quiero”.

Salta entonces, como un resorte, la protesta acumulada de diversas formas: en unos casos es la palabra disminuida en su fuerza poética, en otros es la rebeldía mediante la declaración airada, la música subterránea, “rockera”, los agresivos recitales y el antiacademicismo. Un caso con mayúscula es el del jirón Quilca la calle que sigue a la del ex teatro Colón. Allí se reúnen y hacen tertulia citadina, como otra manera de protestar, los intelectuales y los vates provenientes de diversos rincones de la ciudad. Lo de la calle Quilca es representativo por ser expresión sincera y nocturnal de los que traspasan las barreras de lo no oficial y de la no institucionalización literaria. “Quilca y su cloaca de signos emerge como el escenario marginal asentado en el centro (de lima); la escuela oficial de la disidencia que ofrecía el consabido cóctel de música subterránea, poesía, alcohol y drogas”, ha comentado el joven crítico Marcel Velásquez citado por Víctor Coral, coral de los 90, en artículo publicado en “Somos”. Alonso Ruiz Rosas alude sin disimulo a “lo kloakense”, al tratar de los “quilquenses”. Sin embargo es justo reconocer que allí hay empeños poéticos de grandes quilates.

INFLUENCIAS

Entre los foráneos que han influido en estos jóvenes vates está, sin duda. Arthur Rimbaud, símbolo de la poesía francesa. Como adolescente fascinante se deleitó entre la fantasía de la admiración y del desconcierto, entre el simbolismo y el aire exótico de sus imágenes. Su lenguaje se columpió entre el verso libre y las metáforas atrevidas; en carta a Paul Demery (1871), titulada “Hay que ser vidente”, revela su tesis del “desarrollo de todos los sentidos”. Fue el prototipo ideal para vates iniciales. Otro inspirador ha sido Isidore Lucien Duchase, conocido como “Conde de Lautréamont”. Junto con su obra legó un “Manifiesto” donde dice, refiriéndose al hallazgo de los poético: “es el punto supremo desde donde la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, e pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo dejan de percibirse contradictoriamente”. Valiosa “fórmula” que aplicaron muchos poetas, inclusive estos jóvenes nuestros.